EL MAR ** José Antonio Millán ** Relato  

Publicado por: Pandora

Cuando despierta, la primera sensación, aún con los ojos cerrados, es el frío hormigueo de la arena en las plantas de sus pies descalzos. Separa los párpados lentamente y contempla un cielo gris, brumoso, tiznado por esa luz híbrida del alba a medio abrir. Germán se incorpora despacio hasta quedar sentado y durante unos segundos permanece inmóvil, observando hipnotizado el vaivén de las olas, que rompen mansas en las rocas de la orilla. El mar se mece llevado y traído por la misma ligera brisa que desordena su cabello. Esa zona de la playa le resulta familiar, deben de estar al sur de los palos, cerca del coto, aunque no reconoce esa parte del pinar, ni el camino de bajada. Oye unas risas, pero no acierta a ubicar su procedencia, hasta que los ve a lo lejos: Rubén y Marcos, jugando a perseguirse y a lanzarse mutuamente pelotas de arena, entre ebrias risotadas, correteando como si fueran dos niños pequeños alrededor de la bolsa de hipercor en la que Rubén había estado transportando las botellas y el hielo durante toda la noche anterior. Le duele un poco la garganta y no quiere gritar así que Germán alza la mano en señal de saludo, pero ninguno de ellos parece percatarse. También le duelen la cabeza, el cuello, y sobre todo el costado. “Me habré pasado la hora de camino hasta aquí durmiendo en el asiento de atrás, doblado como una alcayata” piensa.

Recuerda con relativa claridad las sensaciones de la noche anterior, aunque los detalles concretos se vuelven más confusos hacia el final. Y desde luego no recuerda nada del trayecto desde el coche hasta la playa. Por lo que a él respecta, simplemente está ahí.

Había sido divertido. Una buena noche. Les había costado muchísimo encontrar una fecha en la que los tres estuvieran disponibles. Cada vez que se juntaban, en alguna de esas tardes inofensivamente domésticas, mientras compartían el premio de consolación que les suponía el café o algún cubata metido con calzador entre horas, se repetían una y otra vez sin apenas convencimiento aquello de “illo, tenemos que quedar, tíos, que hace un siglo” Pero luego siempre surgía algún inconveniente de última hora, y todo quedaba en suspenso hasta mejor ocasión. Y así habían ido pasando los fines de semana, los meses sin poder cuadrarlo, hasta que por fin habían conseguido ponerse de acuerdo.

De entre la bruma en la que parecen inmersos todos los acontecimientos de la noche le llegan los recuerdos de la cena, aquella inmensa fuente de montaditos, el sabor amargo y cercano de la cerveza fría, y los primeros amagos de conversación, a base de frases cordiales que caían prácticamente en el vacío, como si unos y otros se hablaran desde mucha distancia. Luego, en cuanto habían empezado a rescatar anécdotas y batallitas, la camaradería y las risas se habían abierto camino. Y todo había sido como antes.

Después de cenar habían caminado hasta la gasolinera, donde compraron el hielo, para regresar hasta el aparcamiento del metro, en el que Marcos había dejado su viejo Seat Córdoba, con la botella de JB y las de coca-cola en el maletero. Allí mismo, en la explanada del parking, se habían tomado un par de copas cada uno, alternando la charla con la contemplación de aquel panorama que - aunque ninguno de los tres se atrevió a confesarlo - ya les resultaba un tanto ajeno: Las filas de coches con los maleteros abiertos, la música estridente y machacona, las docenas de reuniones de chicos y chicas de los más diversos pelajes que reían y bebían, gastando con despreocupación el tiempo, tan barato en sus manos.

La noche tuvo algunos tiempos muertos, Germán había estado tentado un par de veces de darla por terminada, pero ni Marcos ni Rubén habían estado de acuerdo. Se habían apresurado a reanimarlo, empeñados en prolongar todo aquello, ir a por otra copa, a otro sitio, con una mezcla algo ingenua de tozudez y ansiedad. La juerga era esa noche o nunca. Habían devuelto la botella de whisky, aún mediada, al maletero, y lo habían llevado prácticamente a tirones de local en local. Poco a poco, con el paso de las horas y las copas, Germán había empezado a contagiarse de sus ganas, a sentirse más desinhibido, menos extraño entre toda aquella gente. Al menos eso cree, porque a partir de ese momento sólo recuerda trozos, momentos inconexos. Risas, algunos retazos de conversación, algún estrafalario baile...Fue él mismo quien sugirió ir a desayunar a la playa, quizá llevado por la nostalgia de tantas otras noches, hundidas ya en el pasado, en las que remataban la larga noche de fiesta compartiendo exhaustos una montaña de churros con chocolate que les sabía a gloria, aunque para ello hubieran tenido que conducir casi una hora hasta Huelva. A veces ni llegaban a desayunar, y la excursión se limitaba a una atropellada gimkhana por los bares del centro, buscando quien les pusiera la última copa, para bajar después a la playa y caer rendidos sobre la arena, mientras el mundo les daba vueltas y más vueltas, y ante ellos comenzaba a desplegarse el apabullante espectáculo del amanecer, ese mismo que ahora luchaba por abrirse camino entre los últimos rescoldos de la noche de sábado, entre esas nubes densas y plomizas que viajan lentas por el cielo, dejando entrever el sol sólo como una mancha de luz difuminada y débil.

Recuerda que Rubén había mostrado sus reservas: “Tíos, ¿Ahora vamos a coger el coche? Pero Marcos con un renovado brillo en los ojos había aceptado de inmediato la propuesta, desechando la objeción de Rubén con un movimiento de mano: “Bah, si yo hace más de dos horas que no tomo nada”.

Del trayecto en coche apenas recuerda nada, y de la bajada a pie hasta la playa menos aún. Desde luego no podían quejarse. Para una vez que quedaban, habían echado el resto.

Respira hondo. La brisa salina le invade los pulmones y le sacude un poco el aturdimiento, pero nota como si algo se le clavara por dentro en el costado. Ha perdido de vista a Marcos y a Rubén, así que se incorpora y mira a su alrededor hasta que vuelve a encontrarlos. Están algo más lejos, junto a un pequeño arbusto de junquillos. A pesar de la distancia, Rubén nota algo extraño: Ambos están muy quietos, serios y silenciosos. Con ambos brazos descansando inertes a los lados del cuerpo. Vuelve a saludarlos con el brazo, pero ellos se limitan a observarlo, sin hacer un solo gesto, sin mover un músculo. Sólo lo miran.

De repente el dolor del costado se hace más agudo. Se lleva la mano a la zona dolorida y cuando la retira la encuentra manchada de sangre. Atónito se levanta la camiseta, pero sigue sin ver nada raro. Sólo le duele. Cada vez más. Le cuesta caminar. Siente como su corazón se acelera, el martilleo de la sangre en las sienes. Intenta tumbarse, pero nota que el suelo bajo sus pies se ahueca, y cuando mira a su alrededor tiene la impresión de que las dunas, la vegetación, han cambiado de sitio, de forma y distribución. Intenta fijar la vista en el océano, lo único que permanece sereno e inalterable. Y mientras está así, intentando mantenerse en pie, empieza a notar algo mucho más extraño: Tiene la sensación de estar luchando por abrir los ojos, a pesar de tenerlos ya abiertos, como si intentara escapar de una pesadilla.

Y lo consigue. Ha vuelto a despertar. Todo en torno suyo ha cambiado de pronto. Es de noche todavía, una noche fría, poblada del murmullo de personas, de chasquidos metálicos, de un montón de luces parpadeantes que le impiden ver con claridad. Está tumbado, tiene algo puesto en la cara, no puede moverse y el dolor, ahora sí, es insoportable. Como si le clavaran cuchillos en el costado. Le duele al respirar. Le asaltan imágenes inconexas, fogonazos que no logra ubicar: La carretera desapareciendo bajo las ruedas del coche. Hierros retorcidos. Fuego. Gritos. Y cristales, muchos cristales rotos. Hace frío, muchísimo frío. Alguien, una figura borrosa pregunta algo que le llega amortiguado, aunque sí distingue perfectamente la respuesta, la voz de Marcos, entrecortada y temblorosa. ”¡¡Germán, se llama Germán!!”. Y luego otra vez aquella otra silueta borrosa, aquella otra voz, igualmente urgente pero más recia y serena: ¡Germán! ¡Germán! ¿Me oyes? ¡Quédate conmigo! ¡No te duermas, chaval! ¡Aguanta! ¡Germán! ¡Germán...!”

Pero Germán está cansado. Muy cansado. No puede mantener los ojos abiertos. Apenas lo intenta. Las voces se desvanecen, las imágenes se desdibujan, todo se apaga, se hunde en la oscuridad.

Cuando vuelve a abrir los ojos está de nuevo en la playa. Sigue algo aturdido, pero el dolor se ha atenuado, persiste ahora sólo como una sombra, un leve eco. El sol ha comenzado a quebrar la resistencia del cielo, y su luz arroja pequeñas esquirlas brillantes en la lisa y bruñida superficie del agua. El viento que sopla desde el interior trae un suave aroma a bosque, que se mezcla con el de la arena mojada y con la brisa áspera del mar. Alguien grita su nombre en la lejanía. Se vuelve hacia el interior, hacia el frondoso pinar. Marcos y Rubén están parados en mitad del sendero que abandona la playa serpenteando entre las dunas. Lo llaman. Le hacen gestos. Germán los ve marchar pero, obedeciendo una voluntad que ya no es del todo suya, en lugar de seguirlos vuelve a girarse y echa a andar en dirección al mar. Primero deja que las prudentes olas de la orilla se ricen entre sus piernas. La marea se aleja unos metros, dejando al descubierto la arena oscura y supurante, salpicada de conchas, de briznas de algas, de guirnaldas de espuma. Luego se introduce lentamente en el vasto océano, y siente que el dolor, todo el dolor, desaparece.

DUNA ** Reyes Maraver ** Poema  

Publicado por: Pandora


Mi cuerpo es una duna que avanza muy despacio

de cálida y dorada arena, por mis dedos

se enredan juguetones zarzales y un lagarto

se duerme agazapado, recogido y sereno.

El sol dora mi alma que alegre y placentera

se aleja de las sombras de los días nublados,

y en las profundidades limpios ríos de plata

caminan hacia un mar inmenso y sosegado.

Y un día muy lejano, en la primera línea

podré mirar las olas frente a frente, la sal

me rozará los labios, y una süave brisa

me traerá los sonidos azules de ultramar.

SIMPLEMENTE LO MEJOR DE MI AÑO ** Magusolome ** Poema  

Publicado por: Pandora


Subí a lo más alto de un edificio
Ahí busqué soledad.
Esa sutil compañera, esa amiga que llega
a bañarme de inspiración.
Mientras el viento jugaba con mis ideas
y llevándose una que otra lágrima
Llegaron a mí voces entrañables,
risas contagiosas, sueños inalcanzables,
carcajadas hilvanadas de bellos momentos.
Un dolor intenso en mi pecho
un vacio que quiebra, un fuego encendido
y una ausencia que arrebata.
Un año. ¿Qué es un año?
Mezcla de rutina y milagros diarios
de cosas mágicas e impredecibles,
cuando se cree que se ha sentido ya todo,
viene el tiempo y demuestra lo contrario.
¿Qué es un año?¿Acaso fue un año?
Para mí fue , aún más que un año.
Fue intensidad, eternidad, inmensidad
de sentimientos, de personas, de lazos.
Llegó cargado de un cofre llamado
esperanzas, y llega al final.
Y no puedo más que darle una
digna despedida, un aplauso, una risa sincera,
un trozo de corazón y un pedazo de alma.
Aquí en la cima de este edificio
donde se ve mi pequeñez
y donde veo mi inmensidad ,
la pequeñez en esta ciudad, y
la inmensidad de tanto sentimiento.
¿Cómo puede entrar tanto en un paquete tan pequeño?
¿Cómo puede sentirse tanto en algo del tamaño de un puño?
Es increíble cómo pueden entrar tantas cosas
aquí donde soy invisible, aquí donde la soledad
susurra al oído, :-y aún te falta más.
El sol se oculta y sé que, a pesar de tanto,
volvería a cometer los mismos errores si con ello
volviera a sentir este huracán de sensaciones
que me arrasa a lo más sublime.
Este calor que me quema en mi pecho.
Esta luz que alejó las sombras de un pasado difícil.
Un grito se ahoga en mi garganta,
ahogado por lágrimas que se agrupan aquí,
por personas que se fueron, que se alejaron
sin saber que eran tan importantes para mí,
que el mundo seguirá, pero nada ocupará su lugar.
Aquí con mi vieja conocida, con mi amiga soledad.
Le pregunto, perdiendo mi mirada en el vacío:
-¿'Qué vendrá, estarás ahí, terminaré el sendero?
El frío va cayendo y los sonidos de la ciudad
me dicen que es hora de continuar.
Es difícil, siempre lo es, pero así debe funcionar,
recompilar para recomenzar. El camino es largo
y sé lo que se viene para mí.
Tengo un motivo, tengo fe y un ángel que
me acompaña. Sabes que eres tú.
Veo el mundo ponerse gris a mis pies.
Nunca me sentí tan pequeña e indefensa.
Mi promesa seguirá firme porque soy así.
Llegando al límite de mis fuerzas,
mientras pueda escribir, con lágrimas,
con pasión, con dolor, con mi sangre,
seguiré escribiendo. Tú eres mi motivo.

A LOS CORINTIOS ** Reyes Maraver ** Relato  

Publicado por: Pandora

Rafael Argüeyes recorre la distancia entre la puerta de la iglesia de su pueblo y el altar mayor del brazo de su hija. Camina erguido y sonriente, mostrando en su rostro lo que él mismo, de poder verse, llamaría una mueca grotesca. Hay dignidad en sus andares, a pesar de que intenta con todas sus fuerzas disimular la cojera de la pierna izquierda que le ha dejado de propina un infarto cerebral. No te preocupes, Rafael, que esto no es nada- le dijo Felipe Bonares intentando transmitirle algo de tranquilidad, pero él no lo creyó. Al verlo acercarse a su cama, con sus ademanes de hombre templado y sus palabras firmes y seguras, tuvo la certeza de que le mentía, de que sólo respondía con aquella actitud a la súplica de su mujer: Felipe, ve a verlo. A ti que eres médico te hará caso y se animará. Está muy decaído. Tus palabras le harán bien. Allí estaba, junto a su cama, con esa cara de hombre de éxito que lucía desde pequeño, con ese “no es nada” que más que alivio le provocaba repulsión. Pues a ver si te pasa a ti, estirado de mierda quiso decir, pero sólo fue capaz de pensarlo. En cambio, le devolvió su mejor mueca, la que le servía para agradecer a los demás sus fingidas buenas intenciones.

Ahora camina muy derecho, del brazo de su hija, buscando la postura digna y solemne que requiere la ocasión y saludando con un ligero movimiento de cabeza a los invitados que sonríen apostados de pie a ambos lados de un pasillo adornado de múltiples y variados tipos de flores, de guirnaldas, de lazos de diferentes tamaños; un pequeño edén construido sobre una alfombra roja, a base de tarjeta de crédito, llamadas, encargos, histerias, lágrimas y una gran dosis de paciencia por su parte. En los rostros de los invitados distingue varios grados de expresión estúpida, pero ninguno supera al de Felipe Bonares quien, con cara de excesivo optimismo, levanta un pulgar y le guiña un ojo.” Idiota”. Estira el cuello. La busca. Sabe que va a venir porque ella nunca falta a los acontecimientos familiares. Desde hace años sólo puede verla en esos eventos obligados en los que se multiplican los besos, los saludos, los éxitos de unos y otros, esos momentos donde se dan a conocer los novios, los nuevos niños de la familia, las últimas novedades, y en los que todos fingen o exageran por unas horas su buena fortuna. Pero no la ve. No consigue distinguirla entre la multitud. “La dichosa boda, tenía que ser la mejor…” Pero mujer- decía- ¿no son demasiados invitados?...”Nada, como hablar a las paredes”. Se está mareando. Los olores de las rosas, las orquídeas, los jazmines, los perfúmenes y los cosméticos, la vieja madera, el polvo asentado en la cumbre del altar mayor… San Judas Tadeo lo está mirando fijamente, como escrutando sus pensamientos, desde un pequeño retablo situado a la izquierda. Sigue mareado. Vuelve la mirada al frente para contemplar aliviado que quedan apenas unos pasos para llegar al altar. Desde allí, su mujer mira complacida la idílica estampa que debe de representar la hija del brazo de su feliz y orgulloso padre.

Rafael Argüeyes siente el peso de las miradas de los invitados sobre su nuca y ya casi no puede disimular la cojera. Al llegar al altar, una minúscula gota de sudor le atraviesa la frente. La tirilla del cuello de la camisa le dificulta la respiración. Mete unos dedos entre su nuez y la camisa para tirar de ella, al tiempo que levanta la barbilla unos centímetros y la mueve lentamente de lado a lado. Su mujer lo mira con satisfacción. Hace una hora, mientras le anudaba la corbata le había dicho: - Aún sigues siendo el más guapo. Es el único beneficio que había obtenido de aquel matrimonio: casarse con el más guapo. Sigue sin verla. Le dicen dónde tiene que sentarse el padrino y lo hace aliviado. Ahora podrá cerrar los ojos disimuladamente para superar el mareo. Segundos después al volver a abrirlos la ve, junto a las escaleras que acceden al altar. Debe de haber pasado los treinta y cinco, y sigue pareciéndole una chiquilla. Lleva una hoja de papel entre las manos. Ella ha mirado a su prima y de la sonrisa que le dedica Rafael deduce que le gusta la novia, las guirnaldas, la alfombra, los olores y estar allí, y comprueba además que está más maravillosa que la última vez que la vio.

Le llega de pronto su voz, dulce y firme, como su piel, al menos así la recuerda. Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Estaba cenando aquella noche, cuando ella llegó. Era sábado. Llevaba un vestido oscuro de cuadros con cuellos y puños muy blancos, y un cinturón elástico muy ceñido a su cintura. Mantenía aún a sus catorce años algunos rasgos infantiles, pero en su mirada y en sus movimientos se vislumbraba ya la mujer que empezaba a ser. ¿Qué hace ella aquí?- preguntó a su mujer con la boca llena y sin levantar la cabeza del plato. Ha venido a ayudarme. Mañana nos vamos los dos temprano y se va a quedar con los niños. Su presencia lo desconcertaba. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.

La conocía desde pequeña. Ella tendría unos cinco años y él veinticinco. A pesar de que la había cogido en brazos, de que la había visto crecer, desde un principio despertó en él un interés inusual que sacaba lo peor de sí mismo. No sabía con certeza si lo hacía de una manera casual o voluntaria, pero conseguía siempre hacerla llorar. Si se prestaba a ayudarla a volar una cometa, ésta terminaba escapándose, si en un día de playa jugaba con ella en las olas, la más grande acababa por estamparse en el rostro de la pequeña. De este modo, al mismo tiempo que el rechazo de la niña hacia él crecía, también lo hacía la atracción, casi obsesiva, que iba a tener por ella toda su vida. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada. ¿Y dónde va a dormir?- preguntó. Con la niña, en su cama.

Rafael Argüeyes se levantó de madrugada, no podía pegar ojo. Sentía que las paredes se habían estrechado y que los techos de su cuarto habían descendido unos centímetros. Su mujer dormía plácidamente. Ni el rosario de cuernos le ha quitado el sueño- pensó, detestándola aún más por ello. Se acercó a la habitación, estrecha, sencilla, con dos pequeñas camas separadas apenas por un metro. En una, situada a la derecha, dormía su hijo pequeño; en la otra, su hija, junto a la pared… y ella. El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. Veía cómo subía y bajaba la colcha al compás de su serena respiración. Un instante después se había instalado junto a ella, a su espalda. Hundió la cara en su pelo y aspiró profundamente. Tenía un suave camisón enredado a la cintura. Cerró los ojos y la rodeó con su brazo izquierdo. Estaba tan excitado que le temblaba la barbilla. Introdujo su mano derecha en la parte superior de la braguita, deteniéndose con sus dedos en los encajes que la bordeaban. La dejó allí quieta, sintiendo su calor. De repente, el frágil cuerpo se tensó. La muchacha flexionó las piernas y, de una patada, lo arrojó al suelo. La oía susurrar atropelladamente aunque no entendía lo que decía. Él también dijo algo con la intención de recobrar un mínimo de dignidad, pero no lo consiguió. Se levantó rápidamente y abandonó la habitación. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Se movía por el piso como un animal enjaulado. La odiaba, la detestaba y la deseaba con todas sus fuerzas. Salió a la terraza. Era una noche de invierno fría y estrellada. Fumó varios cigarrillos allí, a la intemperie, y volvió a entrar, esta vez con la determinación de volver a su habitación, junto a su mujer, y conciliar el sueño. Pero, no sabe cómo, un impulso incontrolable lo llevó de nuevo a la pequeña habitación. En esta ocasión se acostó con su hijo. Así podría tenerla cerca y, si era descubierto, diría que el pequeño lo había llamado por una pesadilla. Le tomó la mano y la sostuvo así, en el aire, entre las dos camas. Sin embargo, esta vez fue descubierto antes. Ella le soltó la mano con brusquedad y Rafael Argüeyes sintió ese desprecio como un latigazo en el estómago. Se levantó de un salto, se inclinó sobre la cama y arropó a su hija con fingido interés, justo antes de sellar los labios de la joven con un cobarde y robado beso. La dejó en la cama, de nuevo, llorando. El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas. Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto.

Rafael Argüeyes cierra los ojos apesadumbrado. Le llega el murmullo de la gente, cansada ya de tanta ceremonia, y el ruido de los niños que corretean por la iglesia. Uno, muy pequeño, no deja de llorar. No ve la hora de que esto termine. Siente de nuevo la mirada de San Judas Tadeo, que sigue observándolo desde el retablo de la izquierda. Sin embargo, de lo único que se arrepiente es de haber dicho de ella que era una pequeña y miserable embustera, y de su férrea y detestable cobardía. Pero no puede hacerlo de corazón, ante Dios, de nada más. La ve descender las escaleras con ese andar regio que la caracteriza. Camina muy derecha, con elegancia innata. Mira a su prima y le regala una sonrisa por la que él lo hubiera dado todo. Ya no está mareado. Se ha acostumbrado a esos olores secos y dulzones. Dedica algunas carantoñas a su hija y se deja llevar de nuevo por el protocolo, dictado, paso a paso, por su infatigable mujer. Rafael, aquí. Rafael, allí.

Al finalizar la ceremonia los invitados se dispersan por la iglesia formando alborotadores corrillos, a la espera de los novios. La ha vuelto a perder. Teme volver a marearse. En un grupo de jóvenes madres situado al fondo de la iglesia, bajo el coro, logra distinguirla. Un impulso que le nace en la boca del estómago lo obliga a dirigirse hacia ella. Su esposa le agarra fuertemente la muñeca: Rafael, las fotos. Le lanza una furiosa mirada llena de odio, y de rabia, de desprecio acumulado a lo largo de muchos años, una mirada fulminante, nada nueva para ella, que la disuade de inmediato. Está bien, no tardes. Rafael Argüeyes camina tan rápido como su cojera, que ahora ya no se molesta en disimular, le permite. Recorre la iglesia de una punta a otra, arrastrando su pierna por la alfombra roja enmarcada por orquídeas, rosas, jazmines y guirnaldas, resoplando y con el sudor empapándole la frente, para llegar junto a ella y pararse en seco a su espalda. Ella ya sabe que lo tiene detrás porque se le ha erizado el vello a la altura de la nuca. Desesperado, Rafael Argüeyes aferra su brazo con firmeza y, con la voz temblorosa, como si fuera a empezar a llorar, le susurra al oído su cadenciosa y lastimera súplica: ¿Por qué no me quieres? Dime. ¿Por qué no me quieres?

Ella cree entonces sentir sobre los labios el tacto frío, húmedo y nauseabundo de una enorme babosa.

SECRETOS IBÉRICOS ** José Antonio Millán **  

Publicado por: Pandora

UN SOLDADO SIN GUERRA

- ...y ves que los demás se van hartando y tú sigues ahí, y cuando te das cuenta llevas toda la puta vida peleando. Y...

Y nada. No completa la frase. O más bien parece considerarla completa. Una sentencia en sí misma, cerrada sin cerrar con esos puntos suspensivos que en su boca suenan como si ese cable que lo lleva y lo trae por sus recuerdos de los últimos quince años estuviera roto o deshilachado y pudiera dejarlo arrumbado en cualquier lugar o momento.

Hunde la mirada en el vaso de plástico del café. Lo gira un poco y después parece concentrarse en el paisaje que se destruye y rehace por la ventanilla del tren. A mí me bullen en la cabeza docenas de preguntas: La gente, cómo, quién, si sigue viéndose con alguno de ellos...pero durante unos segundos me pierdo como él en los brochazos fugitivos de los olivares, que se han ido convirtiendo poco a poco en transitorias manchas pardas, dando la impresión de que el tren está inmóvil y que son los árboles, los montes, los polígonos medio en ruinas y los apeaderos desiertos los que se marchan, veloces, con prisa por ser rebasados.

El tren ha tardado menos de una hora en dejar atrás el cinturón industrial del extrarradio de Barcelona, la compañía reconfortante del mediterráneo al cruzar los pueblos del entorno de Salou y ha ido buscando poco a poco el interior. Hace aproximadamente una media hora me he levantado al servicio, y al entrar en uno de los vagones me ha parecido reconocer un rostro entre los viajeros. He seguido mi camino, pero luego, al volver, me he demorado al pasar a su altura, lo suficiente para confirmar mi primera impresión. “¿Atienza?” le he dicho. Él ha levantado la cabeza, se ha recogido detrás de la oreja un mechón lacio que le caía sobre la frente y ha entrecerrado los ojos como si estuviera cegado por la luz. “¡Joder, el Millán!” ha dicho entonces, levantándose y golpeando al hacerlo la bandeja plegable de su asiento. Ha tirado al suelo el libro que ha estado leyendo – Demian, me ha parecido que era – y después de ofrecerme la mano lo ha pensado mejor y ha tirado de mí hasta estrecharme en un abrazo. “¡Cuánto tiempo, tío!” “Por lo menos cinco años, sí” le he contestado.

Después de intercambiar cuatro frases hechas, le he propuesto tomarnos un café y charlar. He vuelto a mi asiento, le he dicho a Rocío que me había encontrado con un amigo y he regresado de nuevo a su vagón. En ese breve camino de ida y vuelta, gracias a esa forma de solaparse que tienen los recuerdos - mostrándose no de forma consecutiva o sucesiva sino despertando a golpes cuando se toca el botón preciso, como si uno viera las distintas escenas de una película superpuestas unas encima de otras, y aún así las entendiera - he revivido nuestra entrecortada historia común. Desde mil novecientos noventa hasta aquí. Los años de instituto, básicamente. Aquella época en la que mezclábamos los proyectos con las risas, los futbolines y las cervezas con cualquier taller, revista o ocurrencia que tuviéramos entre manos...aquella celebración de la intensidad, aquella voluntad de estar en todas, con la que fuimos llenando aquellos días en los que sin saberlo - o sin que lo tuviéramos presente – también acometíamos con desmañada caligrafía la redacción del borrador de nuestros respectivos futuros. Todo acude a mi memoria en un proceso confuso, como si se me hubiera caído al suelo una vieja caja de cartón, y asistiera desconcertado al despliegue desordenado de cientos de fotos amarillentas. Luego los años fueron separándonos – a nosotros y al resto de los integrantes de aquel grupo - sin estridencias, sin despedidas. Siempre nos tratamos con un sano desapego, con intermitencias que nos resultaban tolerables porque aquello nunca se fundamentó en realidad en un verdadero afecto, sino en la impresión de cercanía propiciada por la cuatro afinidades que teníamos, por la necesidad de compartirlas.

Desde entonces me he ido tropezando con algunos de aquellos antiguos compañeros aquí y allá, y casi nunca esos encuentros casuales han arraigado en algo más que un saludo y un cuarto de hora de charla amable. A Javi Atienza lo he visto menos, aunque le he podido seguir la pista por las noticias que me iban haciendo llegar amigos comunes. También por televisión, por los periódicos: Ha sido de los últimos insumisos pendientes de juicio en España. Se acercó al movimiento antimilitarista a través de su hermano, un par de años mayor que él. Ya durante los últimos años de instituto, los del tercero y el cou, le oí endilgarme aquellos discursos incendiarios, atropellados, llenos de argumentos incontestables. Pero fui asistiendo también a su divorcio con la sociedad, a como todo aquel grupo al que se arrimó se iba poco a poco aislando de la realidad, entregándose a los brazos de la utopía, sin ser capaces de compatibilizar aquel discurso moral e ideológico, recio e inflexible, con el mero, caótico hecho de vivir, de ir fluyendo, reaccionando con plasticidad ante las curvas de la vida.

Y ahora, reunidos por una de esas carambolas del destino en un tren que nos trae de vuelta de Barcelona, me apresuro a decirle que en todos estos años me he ido tropezando con Benito, con Joaquín, con Rafael… y que, entre lo que ellos me contaban más lo que iba apareciendo en los medios de comunicación, he seguido lo suyo. No quiero que sienta la obligación de ponerme al día. Aún así, por iniciativa suya, se arranca con un atropellado resumen de su historia reciente: Las veces que tuvo que quitarse de en medio, la incomprensión de su familia, las manifestaciones, las citaciones judiciales que se saltó a la torera y aquellas a las que acudió finalmente, representado por la agrupación de abogados del movimiento insumiso bajo el que buscó refugio, la amnistía por fin...No hay ni rastro de triunfalismo cuando me cuenta esto último. Más bien, según se acercaba al final de la crónica su rostro – sus ojos diminutos de mirada miope, su piel pálida que ya mostrarán para siempre los rastros de los accidentes dermatológicos de la pubertad – ha ido adquiriendo un gesto sombrío y su voz se ha ido apagando. Siento el impulso de llevar la conversación hacia recuerdos más amables.

Logro que me hable de su gente, me cuenta que aún le quedan algunas asignaturas para terminar Química, que hace ya algunos años que no vive en Albaida, que se mudó a la calle Feria con un par de amigos, que estuvo viendo a Metallica en el Rock in Río de Madrid... Poco a poco consigo sortear el que ha sido el tema capital de su vida. Lo hago porque empiezo a ser perro viejo en esto, y huelo el cansancio. Quizá es una postura egoísta, pero siento que en esta tarde rara, mientras el verano exhala su último aliento y yo me enfrento a mi último día de vacaciones, no podría cargar también con su cansancio, con ese pesado fardo que parece ir acarreando por todas partes. Le cuento mis cosas, intercalando chistes, rescatando antiguas complicidades. Los dos reímos un rato, mientras apuramos el asqueroso café del tren y atardece en el huidizo paisaje de las ventanillas. Luego salimos del vagón cafetería, lo acompaño hasta su asiento, intercambiamos números de móvil aunque ambos sabemos que probablemente no los marquemos jamás, y nos despedimos con un abrazo. Cada mochuelo a su olivo.

Pero claro, son muchas horas de tren. Y aunque intento quedarme con esa sensación, la de haber encontrado a un antiguo amigo y haber charlado con él sobre lo bueno que compartimos en el pasado y sobre cómo nos va la vida ahora, cuando pienso en la conversación que acabamos de tener, más que en lo que me ha contado pienso en lo que yo no he querido saber. Y sin poder evitarlo, como me ocurre la mayoría de las veces, voy completando con la imaginación la parte invisible de las historias, lo que está entre las líneas.

Javi sabe que aquella batalla se ganó, que la ganaron ellos para todos los que vinieron después. Que nadie, contra su voluntad al menos, tendrá que volver a pasarse nueve meses secuestrado, vistiendo unos pantalones dos tallas más grande de lo que le corresponde y una gorra tres tallas más pequeña, comiendo en una bandeja de aluminio y cagando en una zanja que él mismo ha tenido que cavar. Arrastrando la barriga por el suelo, mientras intenta no oír los gritos de algún eunuco con galones, que intenta mandar en el trabajo lo que no manda en casa. Ahora todas esas humillaciones van en el sueldo, para quien las quiera.

No todo fue una cuestión de activismo, claro. Cambiaron los tiempos, y algunas cosas comenzaron a caer por su propio peso. Pero ellos hicieron lo que tenían que hacer, lo que había que hacer. Tomaron una decisión y perseveraron en ella. Contra todo. Contra la ley, contra el estado, contra el pacífico curso de sus propias vidas. Y ganaron. Creo que Javi es consciente de eso. Sin embargo, cuando se aleja de cuestiones particulares y observa el plano general, el mundo mostrando sus vergüenzas al aire hoy más que nunca, un sistema que se ha revelado falible pero que centra sus esfuerzos en perpetuarse, comprende que todo lo que hicieron y todo lo que otros puedan hacer, no será sino intentar taponar con la punta del dedo las enormes grietas abiertas en la presa, mientras no deja de salir cada vez más agua. Y se siente cansado. Y empapado. Y tiene frío, mucho frío. Y se pregunta si alguna vez mereció la pena sujetar en alto alguna bandera. Claro que todo esto sólo puedo suponerlo.

Lo que me duele es que sé que no se trata de uno de esos advenedizos apóstoles del perroflautismo, los que se apuntan a cualquier revolución. Yo vi cómo se forjaba poco a poco esa ideología sin fisuras, sin tiempos muertos; que lo que en los demás era accesorio, algo que ir acarreando por ahí como se lleva una camiseta del Ché, para él era una militancia a tiempo completo, una fe. Y ahora se enfrenta al mal trago de ver como los padres de todas las patrias no encuentran más solución para todos los males que vestir con otra piel de cordero al mismo lobo de siempre. Ve al enemigo medrar por todas partes, tan seguro de su victoria final que puede permitirse el lujo de ser tolerante con toda esta inocua revolución que ahora ocupa la calles, las multitudes acampadas en las setas de la Encarnación, los miles de personas gritando en la Puerta del Sol de Madrid, todos esos que representan su relevo en la ingrata tarea de taponar con las manos desnudas las grietas en la presa. Los nuevos parias del mundo. Observa cómo los telediarios escupen o ningunean todo eso, según toque. Y no siente nada especial. Sólo cansancio. De nuevo, supongo.

Mientras el tren está parado en Alcázar de San Juan me acerco al compartimento de equipajes y saco de la maleta un par de libros y el mp3. Entre eso, alguna cabezada, la revista de Renfe y algo de charla con Rocío, paso el resto del viaje fingiendo no acordarme de Javi Atienza. Ya en Santa Justa lo veo a lo lejos, arrastrando la maleta y la desgastada mochilla por la rampa mecánica que sube desde los andenes hasta la zona comercial de la estación. Cuando llega arriba duda un momento. Nadie viene a recibirlo. Quizá tampoco espera a nadie. Recompone un poco el equipaje y cruza las puertas automáticas, lento y cabizbajo, camino de su diminuto piso de la calle Feria, seguramente una covacha con las paredes llenas de banderas republicanas y estantes repletos de aquellos vinilos de Black Sabbath que cuidaba como oro en paño. Lo imagino saludando a sus compañeros, haciendo planes para la cena. Entre risas uno de ellos hace una colecta para ir al chino de abajo por dos cervezas de litro, mientras otro saca un par de pizzas del congelador. Javi sale a la diminuta terraza, donde tienen un par de macetas de marihuana, tres sillas plegables de plástico y un puñado de viejas pancartas enrolladas en un rincón. Contempla el asfalto baldeado, el reflejo del agua en los bolardos de la acera, las sucias tapas amarillas de los contenedores a las puertas de las desiertas tabernas... sus ojos horadan la noche, buscando su nuevo lugar en el mundo, con esa mezcla de dignidad y abatimiento que siempre tienen los soldados sin guerra, los héroes cansados.

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